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La danza que no baila

Debo ser muy preciso para hablar de ello. Primero que nada, me es necesario aclarar que no sólo no me gusta bailar sino que me considero incapaz para vincularme con la danza en sentido estricto. Digo, ahora sí, qué me gusta. La soledad y la paridad de los danzantes que se realiza en forma paralela todo el tiempo hasta el momento del encuentro; luego caos por un rato y luego encuentro, éste definido por la letra de la canción (que vale la pena no sólo traducir sino buscar también las referencias literarias y mitológicas); encuentro, disparidad y luego comunión. El instante del abrazo y el momento, único, en que se hacen luces; después compañía y abrazos ¿había usted visto antes a alguien danzar abrazos? Finalmente el eterno destino entre los hombres, separación, pero no sufriente, muy cercana a lo libre y luego la unidad misteriosa. Pareciera un montaje de un sitio sin nada más que la danza y lo que ésta convoca. Es, claro, una historia sencilla pero relatada de manera exquisita. Lo que me lleva a decirle que, aunque usted no lo crea, yo bailo y mucho, mucho más de lo que podría imaginarse, pero no siempre hay sitios dónde bailar porque casi ninguna danza se hace con libertad y soy enemigo de las normas, así que espero los sitios, la música, el entorno y la pareja o los buenos amigos, con ellos también se baila. En fin, espero haya usted disfrutado del obsequio tardío; sé que es usted una buena escritora, talentosa para retratar momentos y tamaños, es usted relatora de afectos y potencias; yo soy un poco menos que eso, pero me gusta dejar que el entorno me haga frente y le comparto esto con cariño y esperando sacarle una sonrisa.

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que hay que romperse para coger aire
que por querer ser siempre de alambre
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Que si no te vuelven a buscar
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Soportemos la grieta. Que olvidar de dónde vienes es no saber a dónde ir
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La noche a nuestro favor

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ni siquiera recuerdo ya
cuantas veces me perdí en la oscuridad.

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la noche,
tú coche,
tú y yo.

La aventura,
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las ganas…
Tú voz, tus palabras.

Su abandono…
Su olvido…

La locura,
mi locura.

Mis locas ganas de volar
de desprenderme de la moral
y someterme a los caprichos
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tu delicadeza,
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en el placer de tu lengua,
mis senos erguidos
al capricho de tus dedos,
los vidrios empañados de mis gemidos.
Mis dientes mordiendo
tu cuello,
tú boca,
tú espalda.

Tus manos en mi cuello...
tus manos apretando
mi piel,
mis nalgas,
mi espalda,
mis senos.

Tú saliva escurriendo
sobre mi cuerpo
mi lengua saboreando
el dulce salado de tu altivez,
mis oídos embriagados
con el sonido de tu respiración

Tú lengua con mi lengua mojándose.
Y la noche…
La noche jugando a nuestro favor.

Lo cierto es que te quise.

Nada que perder.
Te espere tres largos meses sin darme cuenta, tres meses que hasta entonces no había ocurrido nada y fue ahí, en ese momento en que lo descubrí, me descubrí; triste y apagada, esperándote en el último rincón de la esperanza con apenas un rayo de luz tocando mi oscuridad. Y no fue hasta entonces, en ese instante que sin ganas tuve que aceptar que te perdí, que debía buscar fuerzas, que lo único que realmente vendría con el tiempo y a quien tenía que esperar era a la resignación y más tarde el olvido, que no podía seguir manteniendo mis manos en puños y te solté, poco a poco muy despacio y con delicadeza deje que por fin empezaras a diluirte entre mis dedos, mientras mis lágrimas decían acompañarte porque no soportaban que te fueras, que te dejara. 
Cuantas veces caí llorándote, cuantas veces quise llamarte e ir a tu casa y buscarte pero ¿a qué iba? ¿Qué iba a decirte? llegaría con todo mi amor pero sin palabras, sin motivos. Cuantas veces, cuantas noches te añore en …