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Alguien me escribió...

Imposible pensar cuántas noches han ocurrido, es como si hubieran sido todas, como si desde el inicio hubieran estado ahí, en un espacio infinito juntos, como si el cuerpo de uno hubiera sido, desde antes que todo, el complemento del cuerpo del otro. No sólo sus besos ocurren con perfección matemática sino sus intenciones empatan como si estuvieran destinados por alguna fuerza maliciosa que los hace perfectos el uno para el otro y los distanciara en las ocupaciones reales de su cotidianidad. Ella en un compromiso, en un espacio fabricado años atrás con buenas intenciones pero sin magia. Él distanciado por la intención de no entrometerse más allá de lo común, condenado a aterrarse de sus capacidades intelectuales y el efecto de ellas sobre cualquier otro. La noche indeseada había llegado, un “ven a mí” iniciaba una corta pero dolorosa despedida. No es que se fueran a separar por mucho tiempo, es sólo que no querían estar separados a partir de ese momento y es que cada abrazo se prolongaba en la eternidad de una estrella fugaz, la constancia de la luz del rayo, iluminándolo todo para apagarse un segundo después; quizá por eso es que cada abrazo y cada beso se producían solos, sin decirlo, sin iniciarlo, sin pensarlo, como si cada uno fuera el primero y el último, como si todas las historias de almas gemelas se reunieran a ejemplificarse en el instante en el que los dos se comían un te amo para convertirlo en un silencioso no te alejes nunca. Pero la hora había llegado, ella partiría, quizá con alguien a quien amaba, él volvería a casa al océano de calma que estaba por hartar al viajero, que estaba por mostrarle al primitivo animal que llevaba dentro que era el momento de emprender nuevamente el viaje y es que la gente como él no puede dormir en una cueva, no puede sembrar ni cuidar animales, debe viajar, conocer y aprender y hacerse acompañar y ella debe acompañarlo, ella quiere acompañarlo. Pero esa noche él volvería a su estática momentánea y ella prepararía el equipaje con el que sería otro, el primero, quien la haría viajar, quién sabe por cuánto tiempo más. Esa noche se abrazarían por última vez en algún tiempo y ambos se tragaron el te amo y lo cambiaron por una serie de besos que desesperadamente dijeron, una y otra vez, no dejes que termine la noche, no dejes que se cierren mis ojos ni que los segundos te lleven de mí, no te vayas que tampoco quiero irme. Quizá no sea momento de decir si volverán si quiera a verse, pero ambos saben que algo del amor empapó el último de sus incontables aunque pocos encuentros y que esa razón a los dos les ha sembrado una pequeña duda curiosa: ¿qué tan bello podría ser? Y los dos, sospechosamente, añoran una respuesta.

-Iad-

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mis nalgas,
mi espalda,
mis senos.

Tú saliva escurriendo
sobre mi cuerpo
mi lengua saboreando
el dulce salado de tu altivez,
mis oídos embriagados
con el sonido de tu respiración

Tú lengua con mi lengua mojándose.
Y la noche…
La noche jugando a nuestro favor.

Lo cierto es que te quise.

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Te espere tres largos meses sin darme cuenta, tres meses que hasta entonces no había ocurrido nada y fue ahí, en ese momento en que lo descubrí, me descubrí; triste y apagada, esperándote en el último rincón de la esperanza con apenas un rayo de luz tocando mi oscuridad. Y no fue hasta entonces, en ese instante que sin ganas tuve que aceptar que te perdí, que debía buscar fuerzas, que lo único que realmente vendría con el tiempo y a quien tenía que esperar era a la resignación y más tarde el olvido, que no podía seguir manteniendo mis manos en puños y te solté, poco a poco muy despacio y con delicadeza deje que por fin empezaras a diluirte entre mis dedos, mientras mis lágrimas decían acompañarte porque no soportaban que te fueras, que te dejara. 
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