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Sigo temblando

Me hizo temblar entre sus brazos en mil y una madrugadas y ahora consigue que tirite sin tocarme, pero de dolor y de tristeza. Me duele cuando está pero me mata cuando no está, me consiguió marchitar, fumándose falsamente cada uno de mis besos y doblándome ante los recuerdos, ante anhelos que parten mí cuerpo en dos porque él me falló y ahora me ha dejado sola ante algo que me quema y que me viene demasiado grande, y me consume el saberme queriéndolo, y me destroza que me ha dado sin paracaídas, y me mata el no recordar su último beso porque nunca pensé que lo seria, y no puedo con el hecho de no saber qué fue verdad y qué mentira, y me deshace el querer odiarlo y olvidarlo en un día y darme cuenta de que mis veintitrés semanas no se borran de golpe, aunque sea de su propio puño.

Y ojala pudiera reventar su recuerdo de un golpe limpio y hacerlo desaparecer… Pero el siempre sigue ahí, incrustado en mis pulmones como un clavo oxidado que no deja respirar, tatuado en el alma como un día le dije al prometerme que jamás se iría de mí, como un nudo cuerpo a cuerpo y espalda contra espalda anclado en mi garganta e impidiéndome vivir, como un solo desafinado hambriento debajo de mis uñas, como un recuerdo inventado tras la almohada cada madrugada que los gritos de mi cama me despiertan… Y yo sigo temblando.

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tus manos apretando
mi piel,
mis nalgas,
mi espalda,
mis senos.

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sobre mi cuerpo
mi lengua saboreando
el dulce salado de tu altivez,
mis oídos embriagados
con el sonido de tu respiración

Tú lengua con mi lengua mojándose.
Y la noche…
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Lo cierto es que te quise.

Nada que perder.
Te espere tres largos meses sin darme cuenta, tres meses que hasta entonces no había ocurrido nada y fue ahí, en ese momento en que lo descubrí, me descubrí; triste y apagada, esperándote en el último rincón de la esperanza con apenas un rayo de luz tocando mi oscuridad. Y no fue hasta entonces, en ese instante que sin ganas tuve que aceptar que te perdí, que debía buscar fuerzas, que lo único que realmente vendría con el tiempo y a quien tenía que esperar era a la resignación y más tarde el olvido, que no podía seguir manteniendo mis manos en puños y te solté, poco a poco muy despacio y con delicadeza deje que por fin empezaras a diluirte entre mis dedos, mientras mis lágrimas decían acompañarte porque no soportaban que te fueras, que te dejara. 
Cuantas veces caí llorándote, cuantas veces quise llamarte e ir a tu casa y buscarte pero ¿a qué iba? ¿Qué iba a decirte? llegaría con todo mi amor pero sin palabras, sin motivos. Cuantas veces, cuantas noches te añore en …